A veces su mente estaba casi vacía de pensamiento, mientras permanecía de pie, se sentaba o se tumbaba sobre la hierba, demasiado aturdido para llorar, el rostro de ella atravesándole la memoria, los labios y la lengua formando su nombre, suplicándole en silencio, sabiendo que aunque emitiera un sonido, aunque gritara, aunque pudiera hacerla oír su voz, no le respondería.
Ender el Xenocida, Orson Scott Card.